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domingo, 27 de diciembre de 2020

El Privilegio


Ilustraciones y fotos propias lrm



Carlos González era un hombre promedio. De carácter tranquilo, quizás un poco retraído desde que murió su esposa Alina hace muchos años, cuando aún no habían cumplido un año de casados.

Carlos tenía sus falencias, nada  que lo hiciera una mala persona, muy lejos de eso. Tenía sus virtudes, tampoco alguna que lo hiciera extraordinario, pero sí lo hacían una muy buena persona. Responsable en su trabajo, amable con sus compañeros, cumplidor, afectuoso, era apreciado por todos en la empresa. En su trabajo hacía casi lo mismo todos los días; sin embargo no era una actividad rutinaria en el sentido agobiante de la palabra. Lo pasaba bien y sabía tomar distancia de su vida privada con las horas de trabajo. Sin embargo, hacía días que algo se le cruzaba de vez en cuando mientras estaba en la empresa.

A poco tiempo de enviudar, tomó la decisión de aprender a pintar. Autodidacta, se ayudó con bibliografías primero, internet después. Logró ser bastante bueno. Nunca pensó en exponer, sus pinturas no eran un objetivo; sí lo era el proceso de pintar al que se entregaba completamente, cualquiera fuera el motivo elegido. Sentía que su propia naturaleza se transfería en sus pinturas.

El caso es que había pintado un paisaje. Un extenso jardín con una modesta casa a la que se accedía por un senderito como de cuentos infantiles. Estaba conforme con los detalles que pintó; pero algo le sonaba insuficiente. Ese pensamiento lo asaltaba de vez en cuando en el trabajo. Algo le faltaba a su cuadro. 

Miércoles

Un día, al regresar a su casa y revisar el correo, entre las infaltables facturas de energía eléctrica, propagandas de TV por cable, catálogos varios, etc., encontró un sobre a su nombre y sin remitente. Contenía una carta que decía:

 

Sr.

Carlos González

Comunicamos a Ud. que ha sido seleccionado entre miles de participantes para formar parte de un selecto grupo de beneficiados.

Para mayor información deberá Ud. apersonarse en (coordenadas de GPS).

Agradeceremos llevar la presente nota como constancia.

Lo esperamos.

Raquel Ordóñez

Gerencia de relaciones públicas

 

Nunca había participado en algo para lo que pudiera estar seleccionado, de modo que esto no era más que una de las conocidas estafas en las que se pide dinero con variadas excusas, a cambio de promesas de más dinero o "valiosos premios". Hizo un bollo con el papel y el sobre y lo arrojó al basurero.

Fue a la habitación donde montó su atelier. Se sentó frente al cuadro que lo inquietaba y lo miró como preguntándole qué le faltaba. A su vez, contemplaba con gran satisfacción lo que había logrado hasta entonces.

Finalmente el cansancio le ganó y fue a dormir.

Jueves

Al día siguiente, después de su jornada de trabajo, en su correo había otro sobre similar al del día anterior. Esta vez contenía una carta que decía:

 

Sr. Carlos González

Reiteramos que ha sido Ud. seleccionado entre miles de participantes. 

En ningún momento se le solicitará ni dinero ni bienes. Tampoco los recibirá.

Sin embargo, es importante que se apersone en (coordenadas de GPS) a los efectos de recabar más información.

Lo esperamos.

Raquel Ordóñez

Gerencia de relaciones públicas

 

Sintió algo incómodo al leer la explícita aclaración y reconocer en ella lo que había pensado. Casualidad, por supuesto, pero parecía que le hubieran leído el pensamiento. Por otra parte, recién cayó en cuenta de algo que recuerdó haber visto también en la primera carta, sin haberse detenido en ello: no había dirección a la que dirigirse, sino datos para el GPS.

Esta vez no tiró la carta. La puso en la segunda bandeja de la estantería turquesa de su atelier, cenó y fue a dormir.

Viernes

Al día siguiente en la empresa, el texto de la carta le apareció en sus pensamientos de cuando en cuando. Pero, al ser viernes y de yapa con feriado el lunes siguiente, las exigencias del trabajo se incrementaron mucho; eso lo distrajo y pronto olvidó el tema de la carta.

Al llegar a su casa un nuevo sobre. Esta vez sólo decía:

 

“Sr.  (etc)  …

Por favor, lea cuidadosamente la misiva de ayer, que Ud. puso en la segunda bandeja de la estantería turquesa de su atelier.

Atentamente… etc.”

 

Para broma, era demasiado. Tendría que ser alguien que lo conociera mucho, su afición a pintar no era muy conocida y sólo parientes y amigos muy cercanos habían visitado su atelier alguna vez. ¿Quién de ellos haría algo tan torpe? De ser así, lo estarían vigilando, para saber dónde había puesto la carta del día anterior.

Por supuesto, fue inmediatamente a buscar la carta. ¿Alguna letra chica se le había escapado, alguna marca de agua? Buscó la carta del día anterior y leyó nuevamente:

 

Sr. Carlos González

Reiteramos que ha sido Ud. seleccionado entre miles de participantes. 

En ningún momento se le solicitará ni dinero ni bienes. Tampoco los recibirá.

Sin embargo, es importante que se apersone en (coordenadas de GPS) a los efectos de recabar más información.

Lo esperamos.

Raquel Ordóñez

Gerencia de relaciones públicas

PD: Como puede notar, no es éste un tema de broma. Y reiteramos: Recuerde que se trata de un privilegio para muy pocos, Ud. está entre ellos.

Muy importante: No olvide llevar las dos cartas que están en su poder.

 

¿PD? Definitivamente, esa postdata no estaba el día anterior. Y una vez más el texto hacía referencia a lo que él había pensado, incluso ese mismo día, apenas minutos atrás. Esto superaba cualquier fantasía y colocaba la situación en otro estadio. Decidió que al día siguiente acudiría temprano al lugar. En la empresa no trabajaban los sábados.

Sábado

Desayunó, cargó las coordenadas en el celular y partió. Tras un tiempo de andar por caminos que nunca había andado, tuvo que bajar la velocidad por una intensa niebla, nada extraño para esa época.



La neblina se despejó poco antes de llegar a destino. El aparatito lo dejó justo en la entrada de un camino privado. Estacionó y fue caminando un trecho hasta una caseta de vigilancia. Un hombre de mediana edad estaba apoyado en la tranquera.

Buen día, me llamaron de aq. Comenzó diciendo, pero el hombre interrumpió:

Buen día, Carlos. Sí, es a mí a quien tiene que ver. ¿Trajo las dos cartas?

Sí, aquí están, dice Carlos. A esta altura, el hecho de que el hombre supiera quién era él y que lo esperara, no hacía más extraña la situación.

Venga, acompáñeme ahí cerca, pasando el codo del camino, dijo el cuidador o quien fuera esa persona, mientras se guardaba las cartas en el bolsillo y al mismo tiempo, le mostraba el giro del camino detrás de una frondosa y alta pared de ligustros que cubría los lados.

Al entrar al codo no había más ligustros. ¿Le resulta familiar?” Dijo el hombre, mientras le mostraba un gran jardín con una modesta casa en el medio. El paisaje y la casa  que él había pintado.

Quedó estático. Nunca había tenido premoniciones o visiones del futuro, aunque aquí estaba la evidencia de que algo de eso hubo. De alguna manera había visualizado ese lugar y pintado a la perfección cada detalle.

“Bueno, hasta aquí llegamos por ahora”, le dijo el guardia con toda naturalidad. La etapa que sigue es que usted tendrá que hacer cuadros del living de la casa, los cuartos, la cocina y hasta el baño”.

Carlos seguía atónito y varios segundos pasaron hasta que le llegó el mensaje al cerebro.

¿Qué? ¿Por qué habría de hacer eso? ¡Nada de esto tiene sentido! Reclamó ante el hombre, a lo que siguió lo que se le acababa de ocurrir: ¡Claro, ahora estoy viendo la pata a la sota! Para entrar a ese club tengo que obsequiar una serie de obras, etc. Lo que supuse desde el principio.

Se equivoca, Carlos. A los cuadros se los queda usted, no tiene que entregarlos a nadie. Tampoco se le pagará por ese trabajo, así se le comunicó. Ni entrega ni recibe dinero o bienes. Sólo es un trámite para entrar a la comunidad. Y no es un “club” tampoco.

Esto es insano, definitivamente. Amigo, hasta aquí llegamos, me voy y dígale a quien esté organizando esta… esta… esta lo que fuera que sea, que no cuente conmigo. No sé porqué vine, un gusto y adiós.  Carlos hace un vago gesto con la mano tipo saludo y enfila hacia su auto.

El hombre lo mira y, seca pero amablemente, le dice: Usted lo hará.

Carlos sonrió entre nervioso, molesto y aún confundido. ¿Qué es esto? ¿Una amenaza? 

Ninguna amenaza, tranquilícese, Carlos. Simplemente, usted lo hará, sólo eso. No hay amenaza. No hay presiones. Es simple.

Quedó con tal nebulosa en su mente que llegó a su casa prácticamente sin ver el camino. Condujo y hasta cruzó la niebla en “piloto automático”, se podría decir.

Dejó el auto en la cochera y buscó en el buzón alguna carta nueva de este inexplicable remitente: esta vez sólo había un folleto de una ferretería.

Se preparó un té y trató de relajarse. Se había acostumbrado a estar solo en su casa, pero esta vez decidió almorzar fuera; elegiría el lugar en el que hubiera más gente, como para volver a una realidad que aún no reconocía.

Después de comer, dio una larga caminata de azarosos derroteros hasta que decidió volver a su casa. De cena, un café con leche con unas galletas y una dosis de mala TV hasta eso de las 12 de la noche. Chau, a dormir.

Domingo y lunes

No pudo dormir; apenas dos horas más tarde, se despertó. Fue al atelier a mirar el cuadro de la casa, buscó sus pinceles y pinturas. Ahora que había visto el lugar en la realidad, le pareció que lo que faltaba era un banco en el jardín y pintó uno, hermoso. Dejó ese cuadro de lado y preparó un lienzo. Pintaría el living. 

¿Cómo sería? Ni idea, jamás entró a la casa. Decidió entonces hacerlo como a él le gustaría que fuera, no importaba que reflejara o no la realidad de la casa.

No podía creer, estaba cumpliendo la predicción del guardia. O quizá sería “obedeciendo”, no importa: el pincel guiaba su imaginación. Los detalles se iban imponiendo hasta en los pequeños adornos que imaginaba. La adrenalina le crecía al extremo que al amanecer ya había terminado la pintura, pero no fue a descansar, no podía: ahí mismo preparó otro lienzo y pintó una habitación, luego otra y así hasta terminar con todo el interior de la casa a la medianoche del lunes, que como recordarán, era feriado. Un récord increíble, apenas habría dormido tres o cuatro horas en casi tres días. Estaba como en trance.

Martes, cero horas

Puso los cuadros en fila, a la vista. Detuvo la mirada en un detalle de tres de ellos: el sillón del living, la cama del dormitorio, el banco del jardín. De pronto decidió que Alina debía estar en esos cuadros.  

Nuevamente al caballete, uno por uno. La pintó alegre en el banco del jardín, relajada en el sillón grande del living, durmiendo serenamente en la habitación. Recién entonces comenzó a tranquilizarse y sintió lo que se siente cuando una tarea está satisfactoriamente cumplida. 

Sintió, también, el cansancio. Media mañana del martes, debía haber entrado a la empresa a las ocho. No había caso ya. Levantó el teléfono, habló con su jefe y pidió disculpas al tiempo de aclarar que no podría ir, que se sentía raro y cansado. Carlos jamás pedía permiso y no hubo problema alguno. Con la conciencia tranquila, fue a dormir a las 10 de la mañana.

Miércoles 2ª semana

Al jefe le llamó la atención que el miércoles tampoco apareciera por el trabajo. Llamó al fijo y al celular de Carlos, pero no atendía el fijo y el celular estaba apagado. Jamás pensó que estuviera faltando sin motivo, de modo que, no por control empresarial sino por solidaridad y precaución, mandó al médico de la empresa.

El médico asistió pero Carlos no respondió al timbre. El médico llamó al “contacto familiar de emergencia”, Raúl González, sobrino de Carlos. Cuando entraron a la casa se dieron cuenta de que ya era tarde.

“Todo indica que sucedió mientras dormía. Calculo que entre las 11 y las 13 de ayer martes,  dijo el forense y agregó: “Su rostro muestra una serena expresión de paz, muy inusual”. A lo que agregó explicaciones forenses que no vienen al caso.

Raúl y su hermana Mónica se hicieron cargo de todo, eran sus únicos parientes consanguíneos.

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Viernes 2ª semana

Raúl y Mónica revisaban las cosas de la casa de Carlos, buscando elementos para trámites de rigor.

Mónica encendió la computadora buscando algún dato que pueda ser útil en esas circunstancias. Allí encontró el código del celular, poniéndolo también a funcionar.

Mirá, el sábado fue a algún lugar, está marcado un destino en el celular. Pero es raro, entré a curiosear en Google y ese punto está en medio de un maizal, toda la zona es de plantaciones, según las fotos satelitales. Algo está mal indudablemente, dijo Mónica

Raúl, se acercó, curioso. Será un registro antiguo del Google, ¿a ver? Pero no. Las fotos satelitales son recientes, de pocos meses atrás. Puros cultivos. Un error del tío, sin duda. Y siguieron con sus exploraciones.

Cuando llegaron al atelier, vieron los cuadros cuidadosamente alineados uno al lado de otro.

¿Alguna vez viste estos cuadros? Mirá, dice Mónica. Al paisaje con la casa lo vi alguna vez, pero no estaba el banco, si no recuerdo mal.

¿A ver? Dice Raúl. Sí, a éste es el único que vi y como vos decís, no estaban ni tío Carlos ni tía Alina en ese banco, ni el banco. ¡Estos cuadros son una belleza! Nunca había llegado a ese nivel de perfección. La expresión de ellos en el banco del jardín es alegría pura, hermoso.

Emocionados vieron el cuadro del living: su tío estaba en el imaginario lugar atizando el fuego del hogar, cerca del sillón donde reposaba Alina. También estaba en el cuadro de una de las habitaciones, de pie al lado de la ventana, mientras su esposa dormía serenamente.

Sí, estos cuadros son muy recientes. Es como que tío Carlos representó en pinturas los momentos que le hubiera gustado vivir con tía Alina,  dijo Raúl.


O quizás, como si hubiera diseñado su propio Paraíso, concluyó Mónica.

 

 

Ilustraciones y fotos propias del blog lrm


Luis R. Maderuelo

Diciembre 2020


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jueves, 24 de diciembre de 2020

Cuevas peligrosas



En mi casa hay muchos rincones, bastante oscuros. En casi todos hay un fantasma en estado de letargo; son sus cuevas, sus escondrijos. Otros rincones están vacíos y serán ocupados en algún momento por un nuevo espectro que lo habitará; lo sé, así es el proceso. Ante la duda, evito acercarme a cualquiera.

Aprendí a desconfiar de esos fantasmas. Cuando alguno se despierta me obliga a recorrer retorcidos senderos por donde había transitado antes de ser un fantasma. A veces se detiene en algún punto y quedo obligado a ver detalles del lugar; otras veces no se demoran mucho pero en realidad, nunca sé cuándo el fantasma se cansará y me liberará, para regresar a su escondite.

No todos son feos: algunos se presentan elegantes y me llevan a lugares que parecen haber sido placenteros, pero al ver que hoy son sólo despojos brumosos, la ilusión se quiebra y domina la pena.

Otros, en cambio, circulan por espacios francamente pavorosos que me generan un terror que inmoviliza, asfixia.

Nunca supe qué es lo que activa a estos seres, pero cuando sucede y siento su escalofriante presencia tras de mí, sé que ya no hay resistencia posible: me enlazarán con sus velos y me arrastrarán por donde quieran.

Yo, aterrado, sólo podré rogar que resulte lo mejor mientras, por si acaso, me preparo para lo peor.




El fantasma feo

 


Aquí, en este rincón, a oscuras y en soledad, vivo yo. En realidad, aquí permanezco mientras espero la llamada. No sé si es peor sentir la llamada que la incertidumbre de no saber cuándo se producirá.

Los paseos –por llamarlos de algún modo- son desgastantes, angustiosos, hirientes.

El dueño, mi amo, mi torturador o como deseen llamarlo, está convencido que soy yo quien lo atrapa y obliga al tortuoso peregrinaje. Pero nada más lejos que la realidad: es él quien me llama y cuando lo hace, tengo que salir. No fui dotado de voluntad para negarme.

Invariablemente, ambos regresamos destruidos; siempre es así. Yo sigo sin entender el beneficio de todo esto.

Soy de un color feo, dice el dueño. No tengo idea de qué color seré; ni me lo supongo, no tengo parámetros para saber cómo es o cómo se llama mi color. Sólo sé que es feo, según él. Y así lo asumo.

¿Cómo serán los que son de color bello? Me lo pregunto a menudo y no sin tristeza.  Claro, imposible saberlo. Ni sé siquiera si existirán.

Acaba de terminar la jornada y esta vez no me llamaron. Seguiré en mi oscuro y solitario rincón en letargo hasta la próxima alerta. 





Luis R. Maderuelo

miércoles, 9 de diciembre de 2020

 Las marcas





Había marcas en la arena de la playa.

En la pequeña bahía, las huellas sobresalían en sus bordes; en ese pequeño relieve se producían brillitos intermitentes con el reflejo de la luz de la luna, cuando cada tanto el mar las invadía.

Yo, acomodado entre las rocas que precedían a la playa, disfrutaba el cuadro con la música de las voces del mar, ese rumor suave y profundo que comienza desde la nada hasta que, florecido en brillos y espuma, entrega el indescriptible sonido de la culminación.

Quienes hayan escuchado al mar, saben a lo que me refiero.

La repetida acción de las olas, que entre seductoras y cansinas regaban la arena y sus marcas, me atraían aunque todavía no sabía cuánto; mucho menos, el porqué.

(Esas marcas…)

Era mucho para ver. Mucho para oír. Mucho para sentir. 

Algún nuevo rumor me distrae; alguna bocina lejana de un barco que ni se imagina que forma parte de este conjunto; algún graznido de un ave y hace segundos apenas, tenues risas juveniles de un grupo que pasa cerca de la playa.

Cada uno de ellos conforma una historia. Pienso en el mundo desde ellos en ese momento y me tiento, pero no quiero irme por esos caminos.

Con esfuerzo, regreso.

(Esfuerzo por la dificultad de salir de los otros contextos, atractivos, tentadores, ¡es tan difícil renunciar!)

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Casi sin querer me descubro recorriendo con la mirada el camino de las huellas de la playa. Voy y vengo por ellas, una por una, sin apuro, hasta donde me da la vista distinguirlas. Son claras, precisas, parecen no tener principio ni fin. Me atraen. Me atrae su historia desconocida, me atrae su destino. Me atrae el contraste entre lo efímero de su existencia y la contundencia indiscutible de su presencia actual. Mañana no existirán, borradas por el continuo lamer de un mar incansable. Hoy están allí y las miro.


El caminante

En mi fantasía quiero regresar al momento en que las huellas se imprimieron y casi lo logro; veo a un hombre caminar sin apuro, hace algunas horas, probablemente al atardecer. Es una figura mansa e indiferente y simplemente pasa por ahí llegar a su destino. Fue el único desde la marea anterior, a juzgar por la pulcritud del paño de arena que mostraba el resto de la playa.



Puedo ver detalles; los pantalones grises recogidos hasta la media pierna, sus pantorrillas razonablemente pilosas rematan en pies descalzos, que se hunden levemente a cada paso formando el pequeño montículo y haciendo un ruido particular: ése que sólo lo hace la arena húmeda cuando alguien la pisa y la desplaza, para dar lugar a una huella. 

Se desvanece por fin en ese punto en el que ya no distingo las huellas con claridad .

Imagino que se está yendo el sol. Los últimos toques rojizos del atardecer adornan el fondo del Pacífico, pintando alguna nube que descuidada se cruza en su camino.

Sin duda son las huellas, y no el caminante, las protagonistas de esta historia. Las marcas, testigos del paso de algo o de alguien. Las marcas, documentos. Las marcas.

El caminante simplemente pasó. Nunca habrá pensado en que su paso estaba registrándose en la playa, por un tiempo.

¿Cuánto? ¡Es tan relativo, el tiempo! Mucho o poco, no sabemos. Para el caminante, nada. Para el mar, apenas un instante. Para las huellas, toda una vida. Tampoco habrá imaginado el caminante las historias que desatarían su paso y sus huellas en las fantasías de un –también anónimo- observador.

Pensé en la arena y en sus marcas. Pensé en mí. En mis marcas.




Tantos caminantes que, siendo yo simple ruta de paso y nunca destino, marcaron sin saber profundas huellas con sus pasos, rítmicos e indiferentes, por un tiempo… ¿cuánto?  Para el caminante, nada. Para las huellas, toda una vida.

Es curioso pensar en la situación: marcas tan claras, sin que nadie las haya buscado. Marcas que documentan algo. Que comprueban que algo o alguien pasó pisando fuerte. Marcas que el tiempo, como el mar a la playa, lame sin prisa y sin pausa, hasta que se borran. O al menos así parece, hasta que en alguna dimensión, estallan en recuerdos ante el estímulo de un detalle inesperado: un perfume, una canción, una palabra, un dolor, una risa, una sonrisa, un color, un sabor, un pensamiento o el tibio misterio de una brasa cenicienta que centra una noche de amigos.


Huellas que ignoramos

Me pregunto ahora si alguna vez, pude ser el peregrino que marcara huellas en playas ajenas, indiferentes para mí. Me pregunto si el curso misterioso de alguna mente las habrá resguardado, en esa dimensión desconocida, para que duerman los tiempos hasta que el detonante las despierte, las reviva y viva yo en ellas sin saberlo, sin poder palpitar las mismas emociones, sin poder compartir los mismos sueños, ajenos, secretos.


Los archivos misteriosos

Registros almacenados en planos superpuestos, cuidadosamente resguardados por la pátina paciente del tiempo. Latentes, esperando el llamado; huellas invisibles por el momento y tan indelebles como reales, que protejo en celosa custodia inconsciente. Marcas amables que proveen ilusiones, caricias, afectos y ternuras. Y también marcas que lastiman, que llaman a angustias, agresiones, dolores, frustraciones.

Ambas cohabitan y esperan. No se eligen las que van a ser guardadas; simplemente son y están.


Cuando son convocadas acuden con sus cargas: penurias o riquezas que ponen a mi disposición.

Por fortuna, está en mí el uso que haga de ellas. Puedo conservarlas vivas por un tiempo, comprenderlas, aceptarlas, compartirlas o también puedo negar su presencia y con eso ratificarlas y aumentarlas.

A menudo pasa que aparecen muchas a la vez, aunque en mi caso, al menos, siempre lo hacen en grupos de similares tonos: a veces feroz presencia de lo negativo; de nuevo a enfrentarlas. Pelear la batalla luchando con todas las fuerzas y afortunadamente, con frecuencia teniendo de aliada una palabra amiga.

A veces en cambio, se vienen afables, las que presiento ahora: se suceden una a una, en lenta y continua aparición sin mezclarse ni confundirse. Cada una tiene su propia definición: ese fogón, ese color, esa sonrisa, esa conversación, esa tibia arena del arroyo, esa canción, esa soledad, ese calor, ese perfume, esa lección, ese temblor, esa niebla, esa mirada.

Huellas indelebles que siempre se recuerdan con nostalgia y con afecto. Marcas profundas que la diaria ocupación sólo consigue desplazar por un tiempo, nunca borrar. Riquezas extrañas que siendo amadas echan a veces a rodar una pena en el alma; melancolía que degustamos como un vino añejo: como él, fueron preparadas con cuidado, conservadas en silencio en algún rincón tenue y fresco. Como al vino, el tiempo le da un toque justo;  el sabor que paladeamos con fruición y sin apuro, sintiendo cada detalle como se siente la presencia de la uva después de cada trago. Y como el vino, en la dosis justa relajan y abren el alma. En exceso, la enturbian y entorpecen la razón.



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El Castillo de Pablo

La brisa fresca me interrumpe; tomo mi tiempo para acomodar el cuello de la campera y bajo un poco la cabeza. Es una noche luminosa: no hay nubes y la luna es amplia y lo veo: aquí cerca, abajo en la arena y a unos pocos metros, se yergue un tosco castillo y a su frente la orgullosa firma: “Pablo”.

Es tierno en su rudeza, su rústica fachada me habla de un arquitecto de 5 o 6 años, sin duda preocupado por el resultado de su trabajo y, a juzgar por la firma, tampoco hay duda de la conformidad con lo logrado. Lo veo, serio, atendiendo a sus baldes y su pala, organizando la estructura de almenas y torreones, patios y fosos y el gracioso mástil donde lucir los blasones; en este caso, de fino papel envoltorio de algún bien degustado chocolate blanco.

La marca de Pablo, en la arena.

Casi no me doy cuenta de que sigo en el tema, casi no me doy cuenta el cambio tremendo de perspectiva a lo que me lleva el castillo de Pablo.

No es éste el caso de un caminante anónimo, marcador involuntario de playas ajenas. Es el Señor Feudal de medio metro cuadrado, usuario intensivo de cubos de arena, desafiante del mar que alisó la playa, usuario del mar que le alisó la playa. Su marca y su obra, su objeto logrado, su efímero esfuerzo, su perenne esfuerzo. (¿Qué es el tiempo?)

Noto que la marea está subiendo. Los dedos juguetones de la espuma que dejan las olas, cosquillean cada vez más costa adentro. Muy cerca ya del castillo y no debe faltar mucho para que comience a alcanzarlo. Tocará sus muros una y otra vez y en cada oportunidad se llevará sin duda algunos granos de arena. Empujará por fin el muro quebrado: será el lado oeste, primero. Y derribará el cerramiento, las torres, el mástil. Se llevará la bandera flotando, quizás en una especie de respetuosa ofrenda al esfuerzo de Pablo.



Mañana la playa quedará nuevamente alisada en espera de otro arquitecto, de algún caminante distraído o de un par de enamorados que escribirán sus nombres atados.

Mañana no estará la marca de Pablo. Sin embargo, yo mismo la estoy registrando ahora y te la cuento. Quedó en mí, sin  que Pablo lo sepa; ni lo conozco, sólo sé que se llama Pablo y que es un orgulloso arquitecto de castillos de arena. También lo sabés ahora y somos más los que tienen guardada esa huella.

Pero hay alguien sin duda que sabrá conservarla con más emoción que ninguno.

Cuando alguna vez una playa cualquiera le ofrezca su tersura, será despertado el castillo; el mismo que ahora es llevado por la rutinaria marea y entonces Pablo, quizás de la mano de su enamorada, quizás de la mano de un hijo, de un nieto o quizás solo con su alma y su infancia, revivirá el momento en que serio trataba de acomodar con justeza las torres y almenas.

Porque era visible, el castillo de Pablo. Y está incorporado para siempre en la extraña dimensión del alma.


Mis marcas, tus marcas, nuestros castillos

Pensé en mí. En los castillos que hice. En los castillos que otros construyeron en mi playa.

No siempre en la playa hay marcas involuntarias.

También existen las marcas buscadas por hacedores de la historia pequeña, esa que es la más grande y la única que cuenta cuando leemos recuerdos de cosas pasadas.

Por suerte mi playa es de arena y por ello recibe impresiones, huellas que quedan, por cosas casuales o intencionales. Pienso en costas rocosas, acantilados, superficies rígidas que jamás se alteran. ¡Qué pena que nunca conozcan el reverberar de las huellas! Que en los rincones destinados a almacenar recuerdos, no haya alojados pedazos de historias pequeñas, ésas que sin duda sucedieron y que resbalaron por la dura roca cayendo al costado de cualquier recuerdo.

Por suerte hay playas de arena, donde las huellas se marcan con rasgo indeleble. Queridas o no, buscadas o casuales.

Patrimonio del tiempo, sedimentos adormecidos dispuestos a revivir en el recuerdo cuando algo, misterio, fantasía o quimera, los llame y les pida que empujen del todo hacia afuera esa pequeña lágrima que los espera escondida.




El frío aumenta. La brisa del mar es cada vez más fresca.

Comienzo a desplazarme para regresar a un protector cuarto de hotel. En él no hay brisas frías, tampoco huellas en su piso o rumores que despierten duendes marginados.

Como dije, un protector cuarto de hotel.

Guardo mis marcas con suaves aliños, les pido que sigan su letargo amigo. Quiero a mis marcas. Extraño sus mimos, sus tibios afectos aunque a veces cueste un poco sentir la garganta hecha un nudo.

Ya está, se durmieron y esperan.

Salgo de la arena para pisar el sólido pavimento de la ruta.

Camino hacia allá derecho, donde sólo a algunas cuadras, está esperándome el protector cuarto de hotel.

 

 


 Tucumán, Yerba Buena, octubre de 1992

Corregido y publicado en diciembre de 2020


A todas las marcas que guardamos, que a través del tiempo tejen la historia de lo que somos

 

Ilustración: Foto LRM sobre trabajo de Luz de Abril Maderuelo Misenta

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miércoles, 2 de diciembre de 2020

El Coronel, los 11 bravos del desierto y el Chucho    

    

Eje de tiempo en el que se basa el presente relato


El coronel y el paseo por el recuerdo

El coronel Marcial Cardozo Molina siente cada vez mayor presión. Una encrucijada comenzó hace un par años y ahora, tras un dramático descubrimiento, le pesa. Le pesa ser responsable de esos once valientes, bravos sobrevivientes de la 1ª división de fusileros de Ralenquén, que permanecen en Corral Torcido desde hace dos años, cuando el coronel recibiera la última orden del comando superior.

Oteando el horizonte en busca de equilibrio emocional, Marcial baja sus párpados, se remonta dos años atrás y visualiza el Fortín Ralenquén en su memoria y de a poco, puede escuchar la actividad de los soldados, los resoplos de los caballos, siente el olor al cuero de las monturas y se ve a sí mismo frente a una mesa, escribiendo la bitácora del día, cosa que no le llevaba mucho tiempo. Hacía un montón que había escrito “Sin novedad” y desde entonces los partes consistían en una sucesión de comillas. 

Recuerda que estaba poniendo el último tilde de la última de las cuatro comillas del día, cuando escuchó el grito de un soldado: “¡Parte para el coronel Cardozo! ¡Un jinete se acerca desde allá!”.

El corazón late con ansiedad entre los guerreros; rasos, suboficiales y oficial. Los ojos atentos buscan una señal para saber a qué deben atenerse. Uno de ellos grita: “¡Es de los nuestros!”, para júbilo de todos.


El uniforme apenas se distingue debajo de la carga de polvo acumulada en la cabalgata. Trae la orden y se la entrega al coronel.  Toma un caballo de refresco y reuniendo una mínima cantidad de víveres, se aleja de Ralenquén a todo galope.

El coronel recuerda cómo siguió con la mirada el regreso del correo, hasta que la última mota de polvo de la galopada se hubo esparcido nuevamente por los desérticos suelos.

Finalmente, lee el parte emanado directamente de la comandancia general, firmado por el mismísimo General Arturo Triviño Iriarte: no podrían enviarle más víveres, ni municiones, ni refuerzos ni “vicios”. Debía replegarse hasta un lugar estratégicamente adecuado y hacerse fuerte allí, resistiendo al infiel hasta el último hombre. Con letra más grande, abajo, decía: “Defina el Sr. Coronel el lugar y comuníquelo con el mismo correo que le entregará este parte, para que fijemos su nueva posición.”

Tarde. Del correo, ni polvo, como ya dijimos.

El coronel carraspeó y pensó que no habiendo otros oficiales, no tenía porqué dar detalles de esta omisión. Como ejemplo cabal de los mecanismos de autodefensa de la mente, en un par de días simplemente olvidó ese detalle.

Obedecieron la orden. La de irse. 




Largas jornadas vinieron, con sus duros hombres resistiendo el clima y el cansancio. Avanzaban, cazaban algún bicho para alimentarse, descansaban lo indispensable y su éxodo continuaba sin destino fijo.

Aquella mañana, con el sol cayendo a plomo, algo se divisa. ¡Alto! Ordena el coronel.

“¡Cabo Sabrino!”  (sí, ya sé.), “Elija un soldado y avancen hasta aquella mancha. Asegúrense de que no haya enemigos”, ordenó mientras señalaba el horizonte con el dedo medio, también llamado dedo mayor, de la mano derecha.

El viejo guerrero había perdido el índice tras el infortunio de un disparo, que hiciera impacto en la base de la primera falange.  Nunca se quejó, porque decía que si bien había perdido el dedo, aprendió que no debía jugar con el revólver cargado. Un hombre que siempre tuvo el temple para encontrar lo positivo en la desgracia.

El cabo y el soldado demoraron un montón. Considerando que iban a pie, no era raro.

Los exploradores encontraron que la mancha en el horizonte eran un corral abandonado, con las rústicas cercas vencidas por la inclemencia del tiempo, tres ranchos maltrechos y un aljibe. Sólo eso completaba el complejo. No había habido allí actividad reciente, ni de amigos ni de enemigos.

El coronel supo que era el lugar adecuado. Fundó el “Fortín de Corral Torcido”. Se alegró mucho. Hacía rato que andaba con ganas de fundar algo y se dio el gusto. Organizó la tarea de recuperación del lugar, ordenando la construcción de un mangrullo que, con toda astucia estratégica, hizo hacer de modo que la cabeza del vigía no superara la altura del los ranchos. “Si lo hacemos muy alto, se verá desde lejos”, pensó con lógica cristalina.  

La cruda revelación del presente

Dos años habían pasado. Sobreviviendo de la caza y juntando agua de las pocas lluvias o mediante dificultosos traslados hasta y desde el río más cercano, que no lo era tanto. Ni una orden, ni una expedición con víveres ni municiones, ni uniformes, nada. Los esperaba todos los días y todos los días, una nueva decepción.

Las municiones no eran escasas, eran inexistentes, después de la última bala destinada al último guanaco que almorzaron. Desde entonces, cazaban con trampas. A veces, usaban la digna y temible tacuara que copiaran de sus enemigos, además de lazos, boleadoras, lo que fuera útil.

Y hoy, en este día como cualquiera, de pronto surgió una iluminación, una epifanía. Su aguda percepción le hizo notar una particular realidad: ¡Nunca llegarían refuerzos ni abarrotes! Nadie sabía que los supervivientes de la compañía de fusileros estaban allí. La única ventaja era que los indios, tampoco.  

Advertir esto hizo dar un giro total a las perspectivas del líder.

El coronel y sus hombres, uno a uno

Esa noche, no participó del fogón grupal. Sentado en un tronco, alejado del grupo, quiso recorrer con la mirada y los recuerdos a sus hombres. Una luna tímida alumbraba el fogón que reunía a los soldados. El cuadro era el mismo de todas las noches, pero parecía que lo estuviera viendo por primera vez.

Allá estaba el Sargento Tordo, (sí, ya sé) como todas las noches, pie izquierdo en una piedra, inclinado levemente abrazando su guitarra, buscando robar un rasguido, buscando el severo sonar de la bordona, buscando el alegre trino de un trémolo en la prima.

El hombre buscaba, pero no lo encontraba. Hacía mucho tiempo dos soldados le robaron las cuerdas, para enterrarlas lejos del Fuerte. Luego, prolijamente, usando unas tinturas hechas por ellos mismos, se las habían dibujado en el mástil de la guitarra. El sargento los volvía locos con las desafinaciones. Tenían el visto bueno del coronel, que cuando le pidieron permiso para la misión, con inocultable alivio les dijo: “Háganlo”.

El sargento Tordo parecía no ver el mástil vacío; era como un ritual de todas las noches. Al final se cansaba, y diciendo “Esta porquería no suena”, dejaba la guitarra y se iba a dormir.

Aclaremos que el coronel había autorizado la “Operación Cuerdas” para proteger a sus soldados, porque  él era el menos afectado. Cuando el sargento arrancaba con sus insoportables interpretaciones, bastaba que él se pusiera de costado, mostrando su flanco derecho al sargento.

En la batalla de Toronja Amarga, recordado combate a distancia y a cañonazos, tenía el grado de Mayor y estaba a cargo de una batería. El intenso sol no le permitió ver si la mecha del cañón estaba encendida y acercó su oreja derecha para comprobar si se oía el “pshhhhhshhshh”  característico de la mecha cuando se quema. Lo comprobó, pero no tuvo tiempo de retirarse y la explosión lo dejó sordo para siempre, de ese lado. 





Prosiguió con su mirada y sus recuerdos. Ahí estaba el Chucho, al lado del fogón. ¡El Chucho, carajo, el caschi mascota! Había sido bautizado así por lo friolento. Un poco de frío y tiritaba de hocico a rabo, y corría a buscar algún soldado con el cual abrigarse cuando ya el fogón no tenía lumbre. Eso sí, al Tape Macuba lo evitaba. El Tape era un moreno grandote que pese a su aspecto temible, era muy cariñoso: le encantaban los abrazos y cuando iniciaba un abrazo, no soltaba. Una sola vez el Chucho lo eligió. Extrañamente, después de esa vez, aunque Macuba lo llamara, agarraba para el lado contrario.

El Chucho venía desde Ralenquén, donde había sabido prestar servicios vitales para los soldados. Más de una vez los alertó sobre la proximidad de los guerreros pampas.

La más icónica fue esa cuando el cacique Bolintrén organizó un mega malón, con el intento de aproximarse desde el lado de allá. Cuentan que el lugarteniente de Bolintrén le advirtió, en su lengua: “Bolintrén, nos conviene ponernos por allá. Por acá estamos con el viento a favor de ellos, cuando estemos más cerca, sabrán que estamos...”

Boliquén le respondió en español: “Tú no discutir, Bolintrén saber más que tú lo que deber hacer. Bolintrén y guerreros estar muy lejos y huincas ser un poco tontos. Bolintrén quedarse aquí y tú y sus guerreros, ¡obedecer! Tronó levantando la voz en la última palabra.

Ahí fue cuando el lugarteniente,  en su lengua nativa, le dijo: “Está bien, Bolintrén, como vos digas. Sos el capo y vamos a obedecer. Pero, ¿porqué hablás como Tarzán?”

La respuesta fue tajante: “No gustarme los subtítulos, preferir hablar como ellos. Y además, hacerlo bien. La maestra cautiva… ¡calificarme con muy bien 10! Expresó mientras agitaba sus brazos al cielo, uno de ellos con una enorme tacuara en la mano. (Había tomado clases de declamación con otra cautiva, una actriz de teatro. Le encantaba actuar.)

Respecto de la maestra cautiva, la de español, la verdad es que le puso un muy bien 10 porque le tenía terror. Como les pasa a muchos docentes de hoy en día con algunos alumnos. Bolintrén no había aprendido español con fluidez, por “dieces” que se sacara.

Volvamos al Fortín Ralenquén. Casi al mismo tiempo en que se desarrollaba aquel diálogo entre los atacantes, el Chucho se paró sobre sus patitas traseras, comenzó como a ahogarse, a hacer horribles arcadas y los ojos parecían salírsele de las órbitas. Estaba claro: su fino olfato había percibido la presencia de los infieles. 

El primero que detectaba una situación así, gritaba tan alto como podía: "¡¡LOH INDIOH!!, SE VIENEN LOH INDIOH!”  Los estudiados movimientos de la táctica militar del sabio líder arrancaban de inmediato. En pocos segundos, los soldados estaban montados en los nerviosos caballos y salían disparados a todo galope. Hacia el lado contrario que señalaba el Chucho.

Un letrerito desalentaba a los indios cuando llegaban a las tranqueras del fuerte: “Salimos. No hay nada, no intenten saquear”.

Una vez más, habían sido burlados por la astucia de los fusileros. Gracias a Chucho, que era alérgico.

Hoy, el fiel caschi seguía allí, un soldado más. Hecho un rollito junto al fogón, que regalaba sus destellos de fuego y chispas, con el crepitar del piquillín poniendo sonido a la noche. Al coronel le saltó una lágrima.

Miró un poco más allá. El soldado Barragán estiraba un hoja de caldén, ponía un poco de afata molida y tras enrollarla, la encendía con un palito del fogón y daba una profunda pitada. No habiendo tabaco, era el único recurso para fumadores empedernidos. Lo bueno es que no dañaba la salud. Era tan horrible que apenas podían hacer esa primera pitada y tenían que tirarlo.

El coronel nunca le guardó rencor a Barragán. Ellos venían destacados desde la campaña del Paraguay.  El coronel era un hombre cabal y sabía aceptar los riesgos de un soldado. Sucedió cuando el coronel estaba a cargo del 3er Regimiento de Cerbataneros del Litoral, dando una clase de cómo armar una granada. Mientras manipulaba un coco y lo cargaba con pólvora, Barragán tiró un pucho por la ventana. Por la ventana cerrada. El pucho rebotó, cayó en la granada y ... el coronel la sacó bastante barata. No tenía mucha pólvora y sólo perdió el pulgar de la mano izquierda.

Afortunadamente, en esa época no existía el hábito de hacer el “OK” con el pulgar. No era tan importante. 

Recordando la anécdota, sonrió y pensó cariñosamente, refiriéndose a Barragán: “¡Muchacho loco!”

La mirada del coronel se detuvo ahora en Monasterio Zapata, de guardia, que encerrado en el particular mangrullo “a nivel”, intentaba mantener los ojos abiertos sólo por algo de orgullo, porque al fin y al cabo, en dos años, sólo se habían acercado algunos elementos de la fauna del lugar, que dicho sea de paso, él era especialista en cazar.




El coronel sólo se tocó, instintivamente, la profunda cicatriz del cuello de apenas el año anterior, cuando salieran a cazar ñandúes. El lazo de Zapata enganchó, sin querer, el cuello de su superior y al sentir Zapata resistencia en el lazo, instintivamente tiró con fuerza para derribar al ñandú. Cuando vio que después del tirón llegaba el lazo con el coronel deslizándose por las arenas del piso, no sabía cómo pedir disculpas. El coronel, hombre íntegro, y aclaremos que decimos íntegro respecto de su moral, no había recuperado aún sus colores normales, pero se puso en pie y palmeando tranquilizadoramente la espalda de Zapata, decía: “ahhggg, aghhhh, oho hien, oho hien hapaha, oho hien! aagghhhh...”

Ahí estaba el cabo Sabrino, con su cuaderno, el que nunca abandonaba. Tomaba su viejo lápiz y pensaba lo que iba a dejar como testimonio para su mujer, que quedara allá, en Buenos Aires cuando lo mandaron a la frontera. ¡Dos años en Corral Torcido, más los años en Fortín Ralenquén! Como siempre, lo abrió en la primera página y al cabo de un rato, lo cerró, como todas las noches. No sabía escribir, pero gustaba de imaginar lo que le diría a su compañera.

Nunca volvió a pedir a nadie que lo ayudara, sólo una vez a pocos días de llegar a Ralenquén. Como no recibiera respuesta de su mujer pese a tan expresiva carta, no quiso enviar una segunda. En aquella oportunidad, el cabo pidió permiso para entrar al despacho del coronel y de frente le dijo: “Mi Coronel, no sé escribir y me gustaría enviar una carta a mi mujer, en Buenos Aires. Mañana tienen que llegar los víveres y el correo, ¿Ud. podría ayudarme y escribir mi carta?”

Gaucho como pocos, el coronel ni le respondió. Tomó una hoja de su provisión de papel oficial y pluma en mano, ordenó: “Siéntese y métale nomás, cabo.”

“Mi querida Amanda, amor de mi vida, pasión inmortal: Te imagino sola allá en Buenos Aires, sin mis abrazos y mis caricias, mis besos, mi pasión  y el corazón se desgarra a pedazos. Desde que llegué sólo añoro tus…” 

El coronel levantó la vista en este punto y un poco colorado, preguntó al cabo: ¿Seguro? A lo que el cabo respondió firmemente: “Sí, mi coronel, claro! A no ser que...  Ud. piense que está mal”.

“Cabo, lo que haya entre Ud. y su esposa no me incumbe, siga nomás entonces”. El coronel carraspeó de vez en cuando ante los osados detalles de la misiva, pero cumplió en escribir palabra por palabra. ¿Cómo va a firmar? Preguntó el coronel. Póngale… “Tu amor de siempre que te añora desde Ralenquén.” ¡Ahí tá! Dijo conforme el cabo.

El coronel, humano al fin, recordó a su esposa y se sumió en sus propios recuerdos. Tanto, que dobló la carta, la puso en el sobre y en ese ensueño amoroso, escribió en dicho sobre el nombre de su propia esposa, Yolanda Beatriz Azcuénaga de Cardozo Molina y la dirección de su casa, embriagado en románticos recuerdos.  Nunca se dio cuenta del error ni tampoco se enteró porqué, en el correo del siguiente mes, su esposa le comunicaba que lo abandonaba y se iba con el odontólogo de la esquina a vivir a Chile.

Al ver al cabo Sabrino en ese racconto de recuerdos, recordó a su mujer y la imaginó en Chile con el odontólogo. El corazón se le estrujó, pero se recompuso y siguió su inventario de evocaciones.

¡Ah, Severino Rosales!  Rosales era una especie de astrónomo natural. Gustaba de pasar las horas de fogón acostado mirando el cielo. De vez en cuando, disparaba con voz grave una sentencia: “A esa estrella la vi ayer”. Cuando estaba dicharachero, a veces agregaba: “A la que está más allá, también”. Un filósofo.

Pese a lo sucedido, Rosales seguía con esa atracción desmedida por cúpula celeste. Estaban aún en Fortín Ralenquén cuando el coronel ordenó mover el único carromato disponible para ponerlo en lugar más protegido, por si había un ataque con flechas incendiarias, por ejemplo. Ordenó a cuatro soldados a que empujaran y a Rosales, que guiara el vehículo. Era temprano y el lucero brillaba solitario, hermoso. Rosales se embelesó con él. Instintivamente, el coronel también miró hacia arriba para ver qué cuernos miraba Rosales, por lo que ninguno de los dos vio cuando la pesada rueda derecha rodaba directo a los pies del coronel. No fue para tanto, las botas le protegieron los dedos; solo que nunca más le crecieron las uñas del pie derecho y le molestaba un poco al montar.

No podían faltar generosos recuerdos del coronel para Narciso Quipildor, el explorador, el baqueano, el rastreador. ¡Cuántas veces habrá requerido sus servicios para que le compruebe el estado de higiene de sus botas! El coronel había perdido el olfato aquella vez que, en la cocina, se metió a curiosear una bolsita con algo rojo y le propinó una tremenda aspiración. La inflamación le duró sólo dos semanas, pero perdió el olfato para siempre. Y no quería ser descuidado en su aspecto, era el líder y debía dar el ejemplo, por lo que requería los servicios del rastreador.

Y allí estaban, inseparables: los gemelos Garzón Moreira. Gastón, el alto y rubio era el mayor, según decían. Había nacido primero. Ramón, el más bajo y moreno, menor. Nació media hora después.  (Aunque ahora dicen que es al revés: que el que nace primero es el menor, vaya uno a saber.) El caso es que, años atrás cuando estaban en poblados, cuando la gente los veía juntos, quedaba muy confundida. Ramón, Gastón, Gastón, Ramón… no creían lo que veían. No entendían cómo era posible que fueran gemelos.

El coronel recordó con una sonrisa el momento cuando los conoció: se habían puesto los dos en fila, con Gastón adelante. Ramón no aparecía y el coronel, con sólo el ojo derecho, no tenía visión tridimensional, menos todavía para que lo viera.

En la batalla del Bajo de Las Lomadas, el entonces capitán Cardozo Molina, en fiero combate con las tropas lanzadas cuerpo a cuerpo, giró violentamente su cabeza a la izquierda justo cuando uno de sus soldados avanzaba a bayoneta calada, que entró en el ojo del guerrero. Todos recuerdan que el aguerrido capitán, sorprendiendo a la tropa, puso un trapo en el vano ocular y continuó arengando a la soldadesca, mientras un río de sangre le inundaba el rostro. Tanto, que no veía nada en absoluto.

Los enemigos se mostraron muy confundidos, ya que no entendían porqué un capitán enemigo los arengaba exigiéndoles valor y sangre. Algunos comenzaron a gritar: “¡Aquí hay fulería!”  “¡Tongo!”, hasta que el jefe a cargo, un sargento bravo y desconfiado, gritó en guaraní: “¡Nomengá Ñará! ¡Nomengá Ñará!  a lo que siguió la orden de “Piré piré mosé, piré piré mosé” que significa “Esto es una trampa, Retirada, retirada!”

Las tropas, victoriosas, se ocuparon de cargar a su líder hasta la enfermería. Esa acción le valió un ascenso al joven capitán.  

Cabo primero Antenor Morales, el genio de la cocina. Hacía maravillas con nada, y siempre había por lo menos, como mínimo, un plato cada día por medio, para mitigar las hambrunas de la tropa.

Una vez, no tenía nada de nada y ya habían pasado cuatro días. La tropa comenzó a mirarse con otros ojos y Antenor entendió que algo urgente debía hacer. La disciplina, aún más, la vida de la tropa estaba en sus manos. Fue al río, trajo agua, juntó como pudo suficiente leña y puso en el agua algo muy preciado en el desierto, algo casi vital... sacrificó sus propias botas. A los hombres no les tocó una abundante ración, pero demoraron tanto en masticar que finalmente quedaron saciados y la paz volvió a reinar.

El coronel lo felicitó, hablando un poco raro. Le salía un silbido muy extraño. Acababan de salírsele cuatro incisivos con el rudo menú; tendría que aprender a hablar de modo que se entienda.  Preguntó: “¿Y cómo she le ocushió esho?” Antenor fue enigmático. Se encogió de hombros y dijo: “Lo aprendí de un tipo del norte”. Y agregó, en queda voz, como para sí mismo: "Sí, era una quimera."  Y ambos hicieron silencio.

La recorrida visual y de recuerdos del coronel llegó al último de sus fieros soldados: Arcano Reyes, a cargo de la enfermería. Enfermería sin medicamentos, desde hacía tiempo. Aunque supo ser buen enfermero. Arcano Reyes no tenía estudios pero aprendió de las experiencias hasta conformar sólidos conocimientos para futuras situaciones. Gracias al coronel, supo que nunca más debería mantener la errónea idea de que la “sal inglesa” era un sazonador británico, con el que convidó generosamente al coronel en un asado allá en Ralenquén, en las buenas épocas. De puro chupamedias, para quedar bien.

Al menos aprendió que no era lo que creía.

Resuena en la mente del coronel lo manifestado entonces: “Reyes, me siento livianito, livianito. Siempre viene bien una limpieza. Buen trabajo, Reyes.” Hombre fuerte, el coronel se recuperó rápidamente del peso perdido y de la deshidratación.

Amigo, le estoy leyendo la mente. Nada dijimos del Tape Macuba y el coronel. Pues no, su morbosidad deberá buscar otras fuentes. El Tape Macuba tenía un místico respeto, más bien franco temor por los rangos y autoridades. Nunca se atrevió siquiera a mirar a los ojos a su coronel. Nunca, por lo tanto, intentó abrazarlo. La integridad física del coronel no sufrió daño alguno, No sea mal pensado.

Los hombres se fueron a su descanso, uno a uno. El penúltimo en hacerlo, Narciso Quipildor, lanzó una feroz mirada al Tape Macuba, quien hizo un tímido conato de seguirlo. El Tape Macuba bajó la mirada, dio una patadita en el piso y refunfuñando fue al establo. Allí dormiría tranquilo. Sólo tenía que soportar la pesada respiración del “Renegáu”, el buey que venía a ser el tractor del carromato. El que habían traído desde Ralenquén.

Tiempo de decisiones

Ahora sí, sólo quedaban bajo el cielo del desierto el soldado Zapata, que ya dormía plácidamente en su puesto de centinela, y el coronel, que yendo con paso lento hacia su camastro, rumiaba la decisión tomada.

Al día siguiente se despertó antes que ninguno. Incluso antes que el centinela. Se vistió, sacudió el uniforme y calzó su gorra. Sable a la cintura y su viejo Lefaucheux sin balas, al otro lado.

Salió a descubierto y encaramándose a una parte firme del cercado, puso dos dedos en sus labios y silbó, lo más parecido que pudo, el toque de diana.

Los soldados despertaron y quedaron desconcertados. ¿Silbo de diana? ¿Qué estaba pasando?

El centinela, sobresaltado, intentó simular que estaba despierto desde antes. El resto de la soldadesca salió como estaba, en paños menores, despeinados, sorprendidos. Antenor Morales descalzo como siempre desde que donara sus botas, pero acostumbrado. Fue mayor aún la sorpresa de todos, cuando vieron a su jefe vestido casi de gala, por lo que surgieron atávicas reacciones de disciplina militar y formaron frente a él.

El coronel esperó y cuando el silencio fue absoluto, habló.

“¡Soldados de la 1º división de fusileros de Ralenquén!, ¡buenos días!”

El Tape Macuba se asustó, pero se acopló a la respuesta masiva: Buenos días señor coronel

Y Marcial continuó, marcial:

“Hoy es un día histórico para vuestras vidas. Hoy, he tomado la determinación de que nuestras fuerzas no son útiles en esta posición y debemos, por responsabilidad patriótica, ponernos a disposición de los lugares donde más se nos requiera.”

“Soldados, hoy partiremos rumbo para allá, a ver qué encontramos. Digo para allá, porque para el otro lado seguro encontramos a los salvajes, así que mejor para allá nomás.”

“En este día iniciaremos una jornada de regocijo y sacrificio, no sabemos cuántas leguas, semanas, meses tendremos que transitar por pleno desierto, pero sabemos que algún día llegaremos a un poblado. Y ese día, sabremos al menos dónde estamos.”

La disciplina de los soldados se rompió. Algunos quebraron en llanto. Al verlos así, el Tape Macuba quiso consolarlos con un abrazo, pero todos volvieron a la compostura automáticamente al ver que se acercaba.  Otros no lloraron; gritaron espontáneas y extrañas consignas alentadas por la febril algarabía: “¡Y ya lo ve, y ya lo ve, vamoalaca-sa o-tra vé!” sentencia que se repetía en forma de primitivo canto.

Con el tiempo, esa novedosa expresión se extendería por todo el país, y con algunas adaptaciones, se cantaría en homenaje a estos doce valientes soldados.

El sargento Tordo enjugó una lágrima, quedó un rato quieto y levantó la mano, palma abierta hacia el coronel, pidiendo permiso para hablar. De a poco, los demás fueron callando.

Cuando hubo silencio, preguntó: “Mi coronel, ¿cuándo noh vamoh?” La precisa y previsora mente militar no había obviado ese detalle.  

“Ya mismo” dijo el coronel.

El viaje, el regreso

Nadie tenía reloj y no se sabe cuánto demoraron, pero fue increíblemente rápido: prepararon al Renegaú, que a duras penas ataron al carromato, afilaron la picana, pasaron un trapo al pescante, regularon la pértiga, cargaron las cosas y nueve valientes treparon a bordo. Las correosas manos de algunos se aferraron a los bordes del carruaje con una mano y con la otra, entrelazáronse firmemente con sus compañeros, listos para aguantar el chicotazo del arranque. Al pescante, el cabo Sabrino y Narciso Quipildor completaban los once. Quipildor advirtió: “¡¡Agárrensén que ahí vamoh!!” y picó con fuerza las ancas de Renegáu. Pero no se movió. Estaba ya muy acostumbrado al sedentarismo.

Para hacerlo corto: demoraron un montón, entre casi todos intentaron de todo y no había caso, hasta que a uno de los gemelos se le ocurrió la idea: que el Tape avanzara hacia Renegáu, a ver qué pasaba. Remedio infalible. El viejo buey abrió grande los ojos y arrancó casi al trote. Los soldados se treparon con el carromato en movimiento y comenzó el duro viaje de regreso. El Chucho marchó, fiel como siempre, a la sombra del carro, como todo perro caravanero que se precie de tal.

El coronel iba en su caballo, el único que respetaron sin almorzárselo. Era del coronel, no se come el caballo del coronel.

Dos días de viaje lento, agobiante calor, cortos de provisiones, bebiendo cuando milagrosamente encontraban un curso de agua, apiñados en el breve espacio que los contenía, esquivando al Tape. Habrán andado una legua, legua y media, cuando vieron aquella nube que parecía llegar hasta la tierra. Mirando bien descubrieron que en realidad, subía desde la tierra hacia el cielo. Y mirando mejor, resulta que se movía en su origen y parecía acercarse.

Efectivamente, la locomotora se acercaba y las vías estaban apenas a un centenar de metros de la carreta. 

El maquinista los vio y detuvo el convoy. 

Eran como espectros; la imagen se mostraba como una extraña fotografía: el Quijote en su flaco corcel, una desvencijada carreta atiborrada de famélicos hombres: dos en el pescante, otros ocho para un costado y uno, para el otro. El contraluz permitía ver las moscas revoloteando en la cabeza del buey y la nubecita de polvo que levantaba el Chucho al rascarse la oreja derecha.

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Llegados a la estación de la primera ciudad, el coronel Cardozo Molina telegrafió al comando, donde, pasada la sorpresa de saber que estos valientes estaban vivos, emitieron la orden de que fueran trasladados a Buenos Aires con todas las comodidades que el ferrocarril les pudiera otorgar en el mejor vagón de carga.

Y esa es la historia de los once valientes fusileros de Ralenquén en el desierto ancho, ajeno y agreste. Forjados por la carestía y las tristezas, las batallas y los recuerdos, la fortaleza y el temple. Once valientes y un líder, doce almas. Una docena, digamos, con Chucho de yapa.

Sólo agregaremos que el Chucho sería el primer perro de la historia en ser nombrado sargento. Lo contratarían después para notas periodísticas, publicidades de alimentos, montón de cosas.

N de la R: Muchas décadas después, al sargento Stubby le dirían “El Chucho Yanquee”.

Los soldados, por su parte, serían ascendidos a su grado superior inmediato, condecorados, felicitados y saludados con un fuerte abrazo por el General Arturo Triviño Iriarte. Al Tape, último de la fila, se le iluminaron los ojitos, pero… su miedo a las jinetas lo superó y, al momento del saludo, quedó tieso como un poste. 

Afortunadamente. Para el General Arturo Triviño Iriarte.



Luis R. Maderuelo

Noviembre de 2020


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