viernes, 4 de diciembre de 2020

En horario

Ilustración de y con fotos de lrmr


Abrió su ojo derecho morosa, casi pegajosamente; el ojo izquierdo estaba aplastado contra la almohada. Pestañeó algunas veces en cámara lenta hasta que las imágenes hicieron foco. Recién entonces levantó su cabeza y miró el reloj blanco, cuadradito, colocado en la pared a la derecha de su cama: las 6:00 en punto. Decidió quedarse un rato más en la cama, como siempre. Cuando se levantó, se calzó sus pantuflas y se acercó hasta la puerta de entrada, al lado de la cual se amontonaban muchos ejemplares de “El Heraldo”. El diarero puntualmente deslizaba el de cada día por debajo de la puerta. Eligió uno que había descartado tiempo atrás porque no le gustaba el diseño de la página, pero esta vez era como que ya se le había formado una especie de relación familiar con ese diseño y no le generó rechazo. “Hay que estar informado, más allá de los gustos y de la estética”, razonó.

Llevó el periódico al baño, como siempre.

“¡Qué barbaridad con De la Rúa!” – pensó. “Si sigue así, no le veo un buen futuro en su mandato.” Y así siguió leyendo algunas noticias, hasta que finalmente decidió completar su higiene matutina. Apenas dejó el peine entre las muchas cosas que había en la  bandejita frente al espejo, miró el reloj del baño: las 7:00. “Como siempre.” pensó mientras sonreía satisfecho.

Eligió el traje azul marino, ése que tenía las manchitas de tinta en la pierna izquierda, más arriba de la rodilla. Sí, en la izquierda, porque la de la derecha era oscuro recuerdo de un goterón de salsa de pizza. Al fin y al cabo, ese traje tenía las manchitas en el pantalón pero el saco estaba mucho menos gastado en los codos que el marrón, que además tenía una costura bastante mal hecha para reparar una flor de rasgadura.

Por eso ese traje era usado sólo dos días a la semana, mientras que el azul, cuatro. El domingo no usaba traje.

Vivir solo tiene sus ventajas; y sus costos. Nadie lo molestaba y él no tenía que hacer cosas para nadie, pero tampoco tenía alguien que le hiciera cosas para él. Apenas se ajustó su corbata tratando de que el nudo coincidiera con la parte más oscura, como siempre, bajó a la cocina a prepararse su desayuno, que tomó mientras le daba una rápida hojeada a los formularios que había completado en la noche anterior. Entonces miró el reloj de la cocina: las 8:00. “Debo irme” – pensó – “Cinco minutos de caminata hasta la parada, diez minutos de espera de colectivo, 20 de viaje, otros cinco  minutos de caminata hasta la empresa, llego mucho antes de las Nueve.” Él tomaba la referencia de “las nueve”, su horario de entrada.

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El colectivo iba con muchas menos personas que de costumbre. El calor era sofocante. Bajó en la parada de siempre y pasó frente al kiosco:  Desde allí un semanario conocido le hacía una nota a la Chiche Duhalde con un título poco original: Chiche analiza los diez meses de gestión presidencial de su marido. Las palomas de la vereda apenas si se movieron cuando él pasó.

Al llegar a la oficina, la secretaria no le dijo “hola”, ni “buenos días” ni nada de esas cosas. Sólo le dijo “Vos no vas a cambiar nunca, ¿eh?” Pero él no le llevó mucho el apunte. No la tenía en cuenta desde aquella vez que ella le sugirió que lavara su camisa más seguido.

En el pasillo se encontró con Gardonelli, quien le advirtió que había bronca con él porque esperaban esos formularios para que los firmaran unos tipos que habían venido de Mendoza, o de apellido Mendoza, no sé bien. El caso es que los Mendoza/de Mendoza se habían hartado de esperar y se habían ido muy ofuscados quejándose de la irresponsabilidad de la empresa. Se atragantó un poco, se ajustó la corbata, se tocó el pelo con las manos y se ajustó el saco. La manga izquierda era un poco corta y apenas cubría el reloj pulsera, que marcaba las 9:00. Hecho esto, apuntó para el lado de la oficina de su jefe.

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No lo regañaron mucho. Sólo lo despidieron. Fue el último acto administrativo del jefe de personal esa mañana, antes de salir a almorzar.

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Deambuló por la ciudad con el sol cayendo de pleno sobre su media calvicie. Muchas vueltas sin rumbo hasta que el cielo comenzó a oscurecerse: nubes enormes y negras lo cubrieron como preparándose a disparar una lluvia digna de un verano de la zona. Entonces decidió tomar un colectivo y volver a su casa.

Apenas entró, miró el reloj del hall de entrada: marcaba las 12:00. Miró de nuevo y pensó: “no creo, no creo… esta vez me desubiqué con el tiempo, pero no creo que sea esa hora”. Decidió fijarse en el del living. Indicaba las 3:00. Le pareció que eso podría estar un poco mejor, aún sin conformarlo del todo.

Pasó a su escritorio y allí leyó claramente las 5:00 en el reloj azul que le había regalado su abuelo. Esa información lo tranquilizó pero su conformidad duró muy poco, pues escuchó pasar por la calle a los chicos que salían de la escuela. Tampoco era correcta la hora del reloj azul del escritorio, entonces.

Comenzó a sentirse mal, casi desesperado. Su rutina se había roto con el regreso a cualquier hora debido a su despido. Quiso comprobar con el reloj del toilette de las visitas, para quedar aún más desconforme con las “10:00” que marcaba. Corrió al cuartito de los trastos, donde encendió la luz y miró el “Jaeguer” ovalado que colgaba tras la puerta, el que debajo de su capa de polvo dejaba ver marcadas las 11:00. “¡los chicos no salen de la escuela a las 11:00!” Casi jadeando fue hasta el comedor, donde tenía el de pared, pero de ésos antiguos, metidos en cajas de madera y que dan campanadas: marcaba las 2:00 y tampoco le pareció coherente, así que se le ocurrió lo que debió haber pensado desde un principio: fue a su habitación, en donde el blanco cuadradito marcaba las 6:00 en punto. Eso lo alivió. “Sí, las 6:00 es razonable”, se dijo, mientras se sentaba en el borde de la cama, ya más tranquilo. 

Sin embargo, involuntariamente volvió sobre el tema e hizo algunas cuentas: los chicos deben salir de la escuela un poco más tarde de las 6:00, por lo tanto, no pueden ser las seis; y aunque salgan a las seis, si ya salieron y pasaron por frente de la casa, ¡no pueden ser las 6:00!, Se levantó casi de un salto, pasó por el pasillo sin siquiera mirar el que estaba allí colgado mostrando las 4:00, y fue directamente al baño, donde el leyó claramente que indicaba las 7:00.

“Ufffff….”  se alivió. “Esto está mejor, aunque 6 es poco y 7 ya es mucho.”

Los ajetreos vividos ese día lo hicieron reflexionar. Siempre  había seguido la  misma rutina, pero debía hacer algo, debía cambiar.

Decidió que ya era hora de decir “Basta” a algunos hábitos; no se puede vivir con esa imprecisión. Para  emprender una nueva etapa, obligada dado su despido, tomó una decisión: Compraría 12 relojes más para poder tener datos precisos cada media hora. Claro que colocarlos en la casa sería un problema: no le quedaban lugares.  ¡No importa! Ya encontraría la solución. Tomó una parte de sus escasas reservas monetarias y apuntó para la calle. 

Cuando pasó frente al equipo de audio, las agujas del reloj que estaba sobre aquel artefacto marcaban la 1:00. Se detuvo y pensó: “Huy, a esta hora todos los negocios están cerrados, mejor voy por ahí cerca de las cinco.”

  

Luis R. Maderuelo

Marzo 2003

 In memoriam: Agradezco la paciencia y predisposición de la prof. Doris Gonzalo en las opiniones y revisiones de este texto.

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