En horario
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| Ilustración de y con fotos de lrmr |
Llevó
el periódico al baño, como siempre.
“¡Qué barbaridad con De
Eligió
el traje azul marino, ése que tenía las manchitas de tinta en la pierna
izquierda, más arriba de la rodilla. Sí, en la izquierda, porque la de la
derecha era oscuro recuerdo de un goterón de salsa de pizza. Al fin y al cabo, ese traje tenía las manchitas en el pantalón
pero el saco estaba mucho menos gastado en los codos que el marrón, que además
tenía una costura bastante mal hecha para reparar una flor de rasgadura.
Por eso ese traje era usado sólo dos días a la semana, mientras que el azul, cuatro. El domingo no usaba traje.
Vivir
solo tiene sus ventajas; y sus costos. Nadie lo molestaba y él no tenía que
hacer cosas para nadie, pero tampoco tenía alguien que le hiciera cosas para
él. Apenas se ajustó su corbata tratando de que el nudo coincidiera con la
parte más oscura, como siempre, bajó a la cocina a prepararse su desayuno, que
tomó mientras le daba una rápida hojeada a los formularios que había completado
en la noche anterior. Entonces miró el reloj de la cocina: las 8:00. “Debo irme” – pensó – “Cinco minutos de caminata hasta la parada,
diez minutos de espera de colectivo, 20 de viaje, otros cinco minutos de caminata hasta la empresa, llego
mucho antes de las Nueve.” Él tomaba la referencia de “las nueve”, su
horario de entrada.
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El
colectivo iba con muchas menos personas que de costumbre. El calor era
sofocante. Bajó en la parada de siempre y pasó frente al kiosco: Desde allí un semanario conocido le hacía una
nota a
Al
llegar a la oficina, la secretaria no le dijo “hola”, ni “buenos días” ni nada
de esas cosas. Sólo le dijo “Vos no vas a
cambiar nunca, ¿eh?” Pero él no le llevó mucho el apunte. No la tenía en
cuenta desde aquella vez que ella le sugirió que lavara su camisa más seguido.
En
el pasillo se encontró con Gardonelli, quien le advirtió que había bronca con
él porque esperaban esos formularios para que los firmaran unos tipos que
habían venido de Mendoza, o de apellido Mendoza, no sé bien. El caso es que los
Mendoza/de Mendoza se habían hartado de esperar y se habían ido muy ofuscados
quejándose de la irresponsabilidad de la empresa. Se atragantó un poco, se ajustó
la corbata, se tocó el pelo con las manos y se ajustó el saco. La manga
izquierda era un poco corta y apenas cubría el reloj pulsera, que marcaba las
9:00. Hecho esto, apuntó para el lado de la oficina de su jefe.
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No
lo regañaron mucho. Sólo lo despidieron. Fue el último acto administrativo del
jefe de personal esa mañana, antes de salir a almorzar.
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Deambuló
por la ciudad con el sol cayendo de pleno sobre su media calvicie. Muchas
vueltas sin rumbo hasta que el cielo comenzó a oscurecerse: nubes enormes y
negras lo cubrieron como preparándose a disparar una lluvia digna de un verano
de la zona. Entonces decidió tomar un colectivo y volver a su casa.
Apenas
entró, miró el reloj del hall de entrada: marcaba las 12:00. Miró de nuevo y
pensó: “no creo, no creo… esta vez me
desubiqué con el tiempo, pero no creo que sea esa hora”. Decidió fijarse en
el del living. Indicaba las 3:00. Le pareció que eso podría estar un poco
mejor, aún sin conformarlo del todo.
Pasó a su escritorio y allí leyó
claramente las 5:00 en el reloj azul que le había regalado su abuelo. Esa
información lo tranquilizó pero su conformidad duró muy poco, pues escuchó
pasar por la calle a los chicos que salían de la escuela. Tampoco era correcta
la hora del reloj azul del escritorio, entonces.
Comenzó a sentirse mal, casi desesperado. Su rutina se había roto con el regreso a cualquier hora debido a su despido. Quiso comprobar con el reloj del toilette de las visitas, para quedar aún más desconforme con las “10:00” que marcaba. Corrió al cuartito de los trastos, donde encendió la luz y miró el “Jaeguer” ovalado que colgaba tras la puerta, el que debajo de su capa de polvo dejaba ver marcadas las 11:00. “¡los chicos no salen de la escuela a las 11:00!” Casi jadeando fue hasta el comedor, donde tenía el de pared, pero de ésos antiguos, metidos en cajas de madera y que dan campanadas: marcaba las 2:00 y tampoco le pareció coherente, así que se le ocurrió lo que debió haber pensado desde un principio: fue a su habitación, en donde el blanco cuadradito marcaba las 6:00 en punto. Eso lo alivió. “Sí, las 6:00 es razonable”, se dijo, mientras se sentaba en el borde de la cama, ya más tranquilo.
Sin embargo,
involuntariamente volvió sobre el tema e hizo algunas cuentas: los chicos deben
salir de la escuela un poco más tarde de las 6:00, por lo tanto, no pueden ser
las seis; y aunque salgan a las seis, si ya salieron y pasaron por frente de la
casa, ¡no pueden ser las 6:00!, Se levantó casi de un salto, pasó por el pasillo
sin siquiera mirar el que estaba allí colgado mostrando las 4:00, y fue
directamente al baño, donde el leyó claramente que indicaba las 7:00.
“Ufffff….”
se alivió. “Esto está mejor,
aunque 6 es poco y 7 ya es mucho.”
Los
ajetreos vividos ese día lo hicieron reflexionar. Siempre había seguido la misma rutina, pero debía hacer algo, debía
cambiar.
Decidió
que ya era hora de decir “Basta” a algunos hábitos; no se puede vivir con esa
imprecisión. Para emprender una nueva
etapa, obligada dado su despido, tomó una decisión: Compraría 12 relojes más
para poder tener datos precisos cada media hora. Claro que colocarlos en la
casa sería un problema: no le quedaban lugares.
¡No importa! Ya encontraría la solución. Tomó una parte de sus escasas
reservas monetarias y apuntó para la calle.
Cuando
pasó frente al equipo de audio, las agujas del reloj que estaba sobre aquel
artefacto marcaban la 1:00. Se detuvo y pensó: “Huy, a esta hora todos los negocios están cerrados, mejor voy por ahí
cerca de las cinco.”
Luis R. Maderuelo
Marzo 2003
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