domingo, 29 de noviembre de 2020

Penúltima historia verídica,  ya no tan inverosímil, pero...



En el año 1972 compramos nuestro primer Citroën. Fue una furgoneta 2CV usada, modelo 1969.

Con esa furgoneta comprobé la maravillosa ingeniería de esos Citroën, me refiero a esa línea 2cv, 3cv, los primos Mehari y AMI 8 y mucho más adelante, el nieto Dyane. Realmente una máquina fantástica y súper simple.

Con la experiencia de la furgoneta, el 3CV era todo un objeto de deseo y ni qué decir cuando aparece el “Prestige”, modificando lo que podría haber sido la única crítica de practicidad de los modelos anteriores, que traían la tapa de baúl corta, debajo de la luneta fija. El Prestige incluye la luneta en la tapa, siendo así un portón trasero que con una modificación tan simple, le da  una extraordinaria versatilidad al vehículo. No había más que pensar: ése tenía que ser.

En 1974 la industria automotriz entregaba vehículos a varios meses después de la compra porque había escasez. Eso hacía que a veces llegara la unidad comprada pero con faltantes. Cuando pudimos comprar nuestro Prestige y finalmente nos avisan que había llegado, nos aclaran que si lo queríamos retirar, podíamos, pero nos “quedarían debiendo” un par de cosas. Eran dos o tres, pero sólo recuerdo con certeza el limpiaparabrisas. Si queríamos, bien. Si no, quedaría en la concesionaria hasta que llegara el repuesto, lo instalaran y nos avisaran.

Ud. sabe que cuando compra un vehículo nuevo, por un tiempo uno le esquiva a sacarlo con lluvia, así que, limpiaparabrisas más, limpiaparabrisas menos, venga y veremos. Retirado que fuera el incompleto vehículo, las fallas de armado fueron abundantes, tanto como las visitas a la concesionaria para reclamar hasta que finalmente, el autito estuvo impecable, completito y funcionando a la perfección. Ya podíamos descartar la bolsa de plástico con la media papa, que llevábamos como precaución ante un chaparrón inesperado.

(Para los que no lo saben: se decía que frotando el vidrio con una papa cruda, el almidón hacía que el agua corriese y así, se podía mejorar la visual. También lo decían del tabaco y de… otros componentes que no sería elegante mencionar.)

Consideramos entonces que estábamos listos para comenzar a cumplir viejos proyectos de viaje y cabeza de lista, pusimos La Quiaca y Yavi.

Sabía de los problemas que la altura provocaba a los motores, la famosa “puna”. Mis conocimientos mecánicos eran limitados pero suficientes: sabía que atrás iban las valijas, en el medio los pasajeros y adelante el motor. ¿para qué más? Pero, prudente y previsor, visito a un mecánico especialista en la marca y le planteo el viaje que íbamos a hacer.

Este auto andará perfectamente, -me dijo- pero si llegara a apunarse, hay que darle un poquito más de aire al carburador y listo.

Ahá. ¿y eso, el carburador, como qué viene a ser? Pregunté intentando un gesto de investigador que busca profundizar sus conocimientos.

Mejor te lo explico en la práctica, me responde compasivamente mientras abre el capot y me enseña el artilugio en cuestión.

¿Ves ese tornillito de ahí? Me señala con un destornillador a un tornillo cabezón, con una muesca bastante marcada.

¡Sí! Contesto enérgicamente con la autoridad que me otorgaba la certeza.

Bueno, lo girás para allá, cierra el paso del aire. Lo girás para acá, abre el paso del aire.

Con una explicación tan clara, ¿quién podía necesitar algo más?   Respuesta: yo. Pero no lo supe en ese momento.

Equipamos la nave con lo que consideramos necesario y partimos. Un viaje fantástico y nunca dejaré de alabar a esa máquina surgida de una ingeniería genial. Maravillosa, liviana, segura, versátil, potencia suficente, un andar espectacular, involcable, económica, en fin: en síntesis y reiterando: maravillosa. Además, lo habíamos equipado con una radio Motorola que de muy buena calidad. (AM en esos años).

Llegamos a Humahuaca, hacemos noche ahí (o quizás nos quedamos dos días, no viene al caso) y continuamos viaje.

Si Ud. señor, señora, joven, conoce la zona porque fue en la última década, instale en su memoria un photoshop y comience a borrar pavimentos y clonar superficies de la tierra típica del lugar; borre casas y ponga superficies baldías, borre iluminaciones de rutas y deje así nomás, borre varios puentes y ponga pasos a nivel. Estamos hablando de 1974, 46 años antes de la fecha de redacción de esta nota.

Y un "touch" de nostalgia: en esos lugares y para esos tiempos, Ud. ponía la radio y escuchaba Carnavalitos, huaynos, algún yaraví y en menor frecuencia, chacareras, tonadas, cuecas, zambas y bailecitos. Cumbia, cuarteto y raperos no existían. Y no usaré adjetivos calificativos sobre esto, porque debo respetar a quienes puedan gustar de estas últimas cosas y no voy a incomodarlos. (Mmmmm…. ¿ya lo hice?)

Y a la noche, en esas alturas con cielos despejados, escuchaba el idioma que quiera, porque entraban emisoras de vaya a saber cuántas partes del mundo. Chile, como si el auto estuviera en la misma cuadra de la emisora. Con FM eso no existe. 

Pero basta de llorar un pasado, amado, añorado, disfrutado, desgastado, borrado, disipado. Volvamos a la cuestión.

Estamos saliendo de Humahuaca rumbo al norte, le recuerdo. Comenzamos las trepadas y bastante después llegamos a una zona de lomadas bastante altas, pronunciadas, que se repetían casi hasta el infinito. La altura, bastante más que Humahuaca. El motor comienza como a perder potencia, la puna logró hacer mella en el rendimiento. ¡A no desesperar! El novel mecánico iría a solucionar el problema. Capot levantado, tornillo cabezón.. tornillo cabezón… ¡aquí estás! Listo, había que girar “para acá”, ¿recuerda? Un pequeño toque y a continuar.

La verdad, mejoró. Pero a poco más de andar, otra vez se sintió la baja de potencia. Vamos, ¡A por el tornillo cabezón!. (Hablando de cumbias, buen título sería este). Un poco más “para acá”, ajuste adecuado, seguimos.

La verdad, mejoró por segunda vez. Pero muy pronto, ya la cosa se puso francamente imposible. En vacío aceleraba, pero con el cambio enganchado… no había caso. Debimos haber subido muchísimo y el enrarecimiento del aire ya era insoportable para el motor. Esta vez sí estaba complicado el avance.

Una vez más: vehículo al costado de la ruta. (por precaución, porque aparte del viento no pasaba nadie por ahí). Capot levantado. El viento que movía el capot de aquí para allá, de aquí para allá, de aquí para allá, como la paleta del lavarropas cuando está en modo “lavar”. Y uno tenía que meter la cabeza ahí abajo; pero confiamos en los ingenieros de Citroën y allí vamos,¡a dar más aire a ese carburador, que lo tenemos!

El caso es que ya no fue posible girar más “para acá”. No señor. Y dicha la verdad completa, tampoco fue posible girar “para allá”.

En realidad, no fue posible girar tornillo alguno porque el tornillo no estaba. Evidentemente se había caído en el momento que el motor dejó de empujar.

Ahí fue cuando supe que en realidad, sí había necesitado un poco más de explicación de parte de mi amigo mecánico. “No dejar el tornillo a punto de caerse,” sería la síntesis.

Buscar un tornillo de menos de una pulgada de largo, en una ruta de tierra, sin saber dónde puede haber caído y encima, con viento, por más cabezón que sea, olvídelo. Misión imposible pero en serio. No como el Tom Cruise ése, que muy imposibles no son sus misiones porque las termina logrando.

Solución a la que recurrimos: colocar primera, acelerar en vacío al máximo y soltar el embrague lo suficientemente lento como para que no se reviente y lo suficientemente rápido como para que la inercia de las revoluciones empuje el auto un par de metros. Ahí, freno de mano y repetir la operación hasta la cima de cada uno de esos lomitos. Luego, aprovechar la bajada al máximo hasta la próxima cresta.

Así llegamos a Tres Cruces. Hoy sigue siendo chico, imagínese en 1974. No era cuestión de parar un transeúnte cualquiera y preguntar por la concesionaria Citroën. Una, no había concesionaria de ninguna marca, obviamente. Otra, era casi igual de difícil  encontrar un transeúnte. Pero, eso sí logramos hallar y nos dijeron cómo llegar a un galpón de un señor que vendría a ser el mecánico todo terreno de la zona.

Llegamos. Ante el problema expuesto, el hombre abre el capot, mira el hueco dejado por el ausente tornillo cabezón y sentencia: ¡Nooo, no tengo tornillo para esta medida de rosca!

Genial. Pero esperable, en realidad. Se queda mirando un rato, en esas miradas que hacemos para tener la cabeza quieta porque en realidad, estamos pensando, no mirando. Y dice: capaz que puedo sacar uno de un carburador de un Ford T que está tirado por ahí.

Lo encuentra, saca el tornillo y dice: “No, rosca chica. Y la aguja choca, no llega hasta donde tiene que ser”.  A ver, espere un rato, agrega.

Fue con el tornillo hasta una máquina esmeril, ¡y le sacó punta como a un lápiz! Volvió un par de veces a medir y finalmente dijo: llegar llega, funcionaría, pero no se va a quedar, no es la rosca. Pero ya lo solucionamos, dijo. Buscó una cámara vieja, cortó una tira y ató con ella el tornillo en el carburador. A ver, hágalo arrancar, dijo.

El sonido del motor fue una música maravillosa, superando ampliamente al cuarto movimiento de la Novena sinfonía del amigo Ludwig, con perdón del querido Beto. Al menos, eso fue para nosotros en ese momento.

Consultado el hombre sobre lo que recomendaba, si continuar o regresar, fue claro: con esto va a andar bien, no se le va a salir. Viaje tranquilo y cuando vuelva, la cambia. Andará bien.

¡Y cómo habrá andado de bien! Logramos hacer, por única vez en la historia de ese auto, 21 km por litro. En esas alturas, con esa pobreza de oxígeno y tramos de serios esfuerzos de subidas. El motor ni una queja, impecable. Y lo mejor de todo: a la gomita no había que ajustarla como al tornillo cabezón.  Ni para acá, ni para allá.

Cumplimos el objetivo de llegar a La Quiaca, visitar Yavi y regresar sin problema alguno.

Hasta aquí la historia. El corolario sería que, lamentablemente en la concesionaria de Tucumán sí tenían el tornillo cabezón. Quitaron la gomita y el tornillo del Ford T vuelto a la vida y lo reemplazaron.

El motor jamás volvió rendir los 21 km/l. Bajó a los 16/17 que fueron y serían el estándar para nuestro querido Prestige.

La iniciativa de aquel mecánico todo terreno de un –entonces- caserío de la puna, estimulada y exigida por las adversidades, combinó perfectamente con la genial creación de los ingenieros franceses.   

Esta vez la historia no fue tan inverosímil, pero dígame, aquí en confianza: Si le digo que un tornillo faltante en un carburador de un 3cv fue reemplazado por un tornillo de carburador de Ford T al que lo afilaron con una esmeril y lo fijaron un un cacho de goma y que no sólo funcionó, sino que mejoró ampliamente la performance del vehículo en plena puna, ¿no le parece que muy habitual, no es?

 


Luis R. Maderuelo Roig


PD: Ahora sabe porqué, si la nota es de un viaje en un Citroën 3CV, la ilustración de la nota es un Ford T 


Yapita:

Sólo un detalle para mostrar otra maravilla del 3cv, nada que ver con el carburador. No puedo recordar por dónde fue que tomamos una recta con una bajada muy intensa y continua(*), pero sí recuerdo un badén inesperado que lo tomamos con la velocidad que veníamos, recuerden que en bajada. 

El auto voló sobre la ruta, como en las películas: calculo, sin exagerar, que debió haberse levantado fácil unos 50 o 60 centímetros en el cenit de su vuelo. Y todo objeto que sube, luego baja. Y bajó. La suspensión del 3cv es tan maravillosamente blanda que se aplastó hasta que la panza dio en el piso.

¿Problemas? Absolutamente ninguno. Eso sí, a partir de ahí fuimos más despacio por sí se nos cruzaba otro badén irresponsable.


(*) Probablemente haya sido por la ruta 40 

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